DESPARRAMADOS EN EL DESORDEN: Acogiendo lo Botado

Texto escrito por Psicóloga Clínica, Ximena Arrau Herud

A muchas personas les ha dado por ordenar la casa esta cuarentena. Hay quienes tienen la costumbre del orden y limpieza arraigada al cuerpo y han adaptado rápidamente sus hogares al teletrabajo o a la nueva vida social-cibernética. También hay quienes reconocen un cierto encanto en el desorden o pueden convivir tranquilamente con éste. 

Otros, han querido hacerlo porque no soportan el desorden. Tienen ideales de casas, información sobre los múltiples beneficios del orden y el convencimiento de que vivirían mucho mejor con lo preciso y con cada cosa en su lugar. 

Aún así, no logran hacerlo. Algo resiste.

A veces se empieza con todo el ánimo del mundo y ya en el primer intento surge el tope con los recuerdos: cartas antiguas de abuelos, fotos con amigos de juventud, agendas de años remotos.....de ahí a la parálisis y diálogo interno: "¿los boto/no-los boto?" "bota todo lo que ya no usas"  "yyyy....mis cassettes!!"...."pero si ya no los escuchas ni tienes donde hacerlo" "si no los encuentras no sabrías ni que existían. No los necesitas".... "¿y si los dejo. donde los guardo para que no se me olviden de nuevo?". 

Surgen las ganas de mostrarle este encuentro tan impresionante a los amigos, que se contagian con la impresión, con la conexión a lo ya olvidado, cuestión que la humanidad se ha encargado todo el tiempo de resolver: el registro y sus memorias. En un instante las cosas se transforman y empiezan a tomar vida, como una planta que se vuelve a regar después de días de abandono. Solo que aquí se trata de años.

El problema es que el pegoteo que se produce con cada cosa que conmueve, hace que el tiempo cronológico se desvanezca, se pasa la tarde y el desorden sigue quedando ahí, otro día más, al alcance de la vista sin verlo, a la espera de una nueva inspiración, que convive al mismo instante con una mente enojada por un cuerpo que no quiere responder. 

  Y ahí siguen, los montones de cachureos desparramados por la casa.

Es como el nudo que aparece al hacer masaje en la espalda, que duele y no deja avanzar y hay que deshacerlo. O como el recorrido de la vida, donde muchas cosas se van dejando botadas, pendientes, renunciadas, olvidadas, algunas valiosas, otras dolorosas. Esas que no sabíamos como tomar, pero nos salvamos de hacerlo gracias el apremio cotidiano de tener que resolver lo urgente...y así se lograba arrancar rápidamente, mientras todo iba quedando ahí. 

El problema es que ahora ya no hay escapatoria

Así como el encierro en casa invita a ordenar, también hace aflorar aquello que está y se evidencia en el desparramo del desorden. La bolsas llenas de cosas para botar, que hacen tropezar, la dificultad para sostener la voluntad, el enojo por sacar la vuelta, la pérdida del tiempo, las inseguridades-angustias-horripilancias, que desarman e interrumpen la determinación de agarrar por fin la desgastada pilcha encontrada y hacer algo con ella. 

La cuarentena da la oportunidad de resolver, de tomar lo chuteado por años, revisarlo y darle algún lugar...de recogerlo y transformarlo, masticarlo, llorarlo o dejarlo. Da la posibilidad de nadar en las fisuras pasadas que han ido trancando lo actual, en lo infantil que se asoma, en el abandono de sí mism@, en la repetición sin tiempo de retornar a un punto del cual ya no hay retorno. 

Vérselas con el desorden no es fácil cuando lo perdido y olvidado tiene que ver también con haber-se perdido.  
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